lunes, 7 de abril de 2014

SOLEDAD: SEGUNDA ESCENA



SEGUNDA ESCENA:

—Sara, hija… ¡eh! ¿Me escuchas?
―….
—Sí, soy el abuelo Tomás, el de Barbastro… ¿qué dices?
―….
—Sí, mujer, que ya sé que era una broma. No, no me he enfadado.
―…
—Oye una cosa hija. ¿Por qué no os venís este fin de semana para aquí. Ha nevado y podemos acercarnos a la nieve.
―…
—Vaya… Que tienes exámenes… Pues aquí nadie te va a molestar, ruidos no vas a tener, y lo de la nieve lo podemos dejar para otro día.
―…
—Vaya. ¿Y estás muy resfriada? ¿Has ido al médico? Cuídate, que los resfriados mal curados tienen mala pata
―…
—¡Ah! ¿Y qué te han mandado?
―…
—¿Paracetamol? ¡Ah! En mis tiempos se curaba todo con una aspirina y yéndose a la cama. ¡Ahora todo es tan distinto!
―…
—¿Qué dices?...  Sara hija…, se pierde la comunicación.
―…
—Si ya estoy quieto.
―…
—¿Así mejor?...  Vale, me quedo quieto aquí.
―…
—¿Un ordenador? ¿Para qué quiero yo un trasto de esos?
―…
—¿Qué tú me lo instalarías? Bueno, si es así, me lo pienso. Pero…
―…
—No te enfades Sara, es que yo no sé ni qué debo comprar, ni marcas, ni instalarlo, soy muy viejo para esas cosas
―…
—Hombre, eso espero, no morirme aún, pero es que yo no he manejado nunca un cacharro de esos. Lo mío han sido siempre las cuentas a mano. Hasta el móvil me cuesta.
―…
—No te rías hija, que a mí no me hace ninguna gracia.
―…
—¿Y dices que puedes ver a través de esos cacharros a los que te hablan?
―…
—¿Y eso cómo has dicho que se llama? Video… ¿qué?
―…
—A ver, que me entere yo. ¿Y eso cómo funciona?
―…
—Pues claro que tengo línea de teléfono fijo, lo que pasa es que como todos tenéis móvil pues me es más cómodo usar también móvil.
―…
—Y tengo que contratar Internet …  ¿Con telefónica?
―…
—Me parece demasiado complicado, pero lo intentaré
―…
—¡Ah! Que puedo llamar a telefónica y ellos me mandan un técnico y me lo instala. Esa opción me parece mucho mejor.
―…
—¿También ellos me lo venden? Estos de telefónica son unos vivos. Lo tienen todo atado.
―…
—Pero, ¿me enseñarán cómo funciona ese cacharro?
―…
—¿Qué no?  Y… entonces ¿para qué demonios quiero yo el cacharro ese?
―…
—¿Qué me apunte a un curso? ¡Uy! Me parece que muchas cosas pides Sara. Mira que yo ya no tengo la cabeza para estudios
―…
—Sí, muy fácil para ti, pero para mí… ya veremos. No lo tengo nada claro.
―…
—Mira si me prometes que vas a venir a ayudarme, y a enseñarme este verano, cuando acabes los estudios, yo te prometo firmemente ponerme a ello.
―…
—Entonces hasta el verano nada de nada, ¿no?
―…
—Bueno, hija, perdón por ser tan pesado. Un beso cielo. Pórtate bien, y dales un beso a tus padres y otro para Sergio.
―…
—Venga hasta otra…Sí, hasta otra.

No sé para que llamo, siempre tienen cosas que hacer, pero la idea del ordenador no me parece tan descabellada. Sería genial poderlos ver mientras les escribo. Pero… es que no tengo ni idea de utilizar esos trastos. Me da a mí que esto no va a ser más que un tiraperras, pero en fin, todo sea por ellos.
Mañana mismo llamo a telefónica y que me informen, me den precios, y si no me pasaré por cualquier tienda de estas de informática y que me asesoren, que los de telefónica siempre han sido muy ladrones. De paso, les preguntaré donde se aprende a usar estos cacharros. Me voy volando para casa que María habrá hecho un café buenísimo, y hoy no compro churros, el periódico y con el pan de ayer me haré las tostadas, que se me ha quedado el olor en el paladar desde que me he acordado de ellas. Hoy me volvería a comer otro plato de lentejas, pero bueno, eso María ya dirá.
Le tendría que haber dicho que no. Si después ya sé lo que pasará, que seguro con la mala suerte que tengo no me vale la línea, o no me lo instalan bien, o yo que sé. Es una gran posibilidad la que me presta el cacharro pero ¿ya sabré yo darle utilidad? También me dijeron lo mismo con el móvil y si no llamo yo no se acuerdan ni de que existo.
Bueno, una ventaja tengo y es que de escribir a máquina sé un rato largo. No pierdo nada por intentarlo.
¡Qué bien huele ese café! Y las tostadas están de muerte, ni muy quemadas ni muy blancas, en su punto.
Esta María vale lo que un Potosí.

domingo, 6 de abril de 2014

SOLEDAD: PRIMERA ESCENA



PRIMERA ESCENA:

Otra vez he vuelto a quedarme dormido en la mesa de la cocina, viendo la tele, y es que esa cama es tan grande para mí, que me pierdo en ella. ¿Quién lo hubiese dicho hace tan sólo unos meses?

Pero es que estoy tan a gusto aquí, que es sentarme y quedarme planchado. ¡La plancha! Eso sí que es una maldición. María se pega horas y horas planchando para nada. Debería estar siempre en pijama y pantuflas, pero no. No logro quitarme la costumbre de ponerme el traje, y la corbata… ¿para qué demonios me pongo corbata? Y eso no es lo peor, no. Lo peor es quedarme media hora delante del espejo intentando pelearme con el nudo, mi garganta y los dedos. Si es que como ella nadie para poner corbatas.

¡Qué inútil soy! Soy y he sido, apenas si sé hacerme unos huevos fritos. María ayer me hizo unas lentejas que no se las salta un torero. ¡Qué buenas! Que digo buenas, riquísimas, algo fuera de serie. Si Elena me hubiese visto comerme esas lentejas no se lo habría creído en la vida. Siempre me decía que era demasiado sibarita y que mi madre me había mal acostumbrado. ¡Mi madre! Esa señora robusta, de buena presencia, que parecía que no iba a morir nunca de pura vitalidad y lo que son las cosas, murió de un mal parto. ¡No somos nada!

¿Pero qué hora debe de ser? Todas las comodidades del mundo, pero el reloj siempre atrasado. ¡Joder, qué tonto soy! ¿Será por reloj? Si cubre casi media pared ¡por Dios! Son las tres de la mañana. Y la tele encendida. ¿Qué es eso que están dando? Un documental sobre Alaska. Muy bonita, la verdad. ¡Qué paisajes! Pero que me importa a mí, si no voy a ir. ¡Joder, qué pedazo de lagos! Anda mira los osos como cazan salmones. ¡Ostias, mañana, bueno, dentro de un rato cuando llegue María le pediré que me haga unas rodajitas de salmón. Las hace de muerte…es la ostia esta mujer cocinando, bueno y no sólo cocinando, es toda una artista con la plancha.

Eso, debe pensar que soy tonto de remate, todos los días me deja un traje limpio, e impecable, ¿y para qué? Voy hecho un desastre, lleno de arrugas, el traje parece más viejo que yo. ¡No, no soy viejo! Soy un desastre, pero no viejo.

¿Y ahora qué hago? No me apetece ver la tele, me cansa, si me pongo a leer no me enteraré de nada y sólo conseguiré un grandísimo dolor de cabeza. Si fuese otra hora, menos intempestiva llamaría a mis nietos. Pero anda, si no me contestan a horas normales, a éstas muchísimo menos. Siempre están ocupados, esta gente joven no para un segundo, igual están de fiesta por ahí, pero anda la gracia que les haría recibir ahora una llamada de su abuelo, a lo mejor se asustan, y no… mejor espero a que se haga de día.

Me apetece comer algo, no sé el qué. Una onza de chocolate negro y unas galletas. A este paso no voy a caber por las puertas. Mejor enciendo la radio, a ver que cuentan. Pues vaya también lo animado que está el patio.

¿Qué día es hoy? No sé. Todos los días para mí son iguales. Vivo prácticamente en esta silla de la cocina, sólo me muevo para ir al lavabo o para comprar por las mañanas el periódico.

No hay nada como desayunar un café leyendo el periódico. Fíjate por donde, me están apeteciendo unas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. A Elena le encantaban, con mermelada de melocotón.

Tanto trabajar ¿para qué? Sí, tengo una casa enorme, con tres plantas, 9 habitaciones, 4 cuartos de baño, dos garajes, dos coches, una cocina en la que desayunábamos a diario, 6 personas, mis tres hijos, mi mujer, María y yo.

Si no fuese por María, yo estaría en una residencia, y todo esto vendido. Mis hijos, todos tan lejos, mis nietos, bueno, eso es harina de otro costal. Creo que si algún día viniesen sin sus padres no los reconocería.



¿Cuánto hace que no los veo? Por lo menos hace tres años que no los veo. ¡Claro, son tan jóvenes! ¿Qué van a hacer ellos aquí, en un pueblo donde sólo quedamos viejos? Además, no conocen a nadie, y tienen sus amigos en la ciudad.

Igual me presento un día de estos en su casa, pero… ¡No! Soy un viejo, y les molestaré, y no hay necesidad de eso. Ya vendrán ellos, aquí siempre son bien recibidos.

Pues anda, que si viviese en el Canadá aún sería peor, pero podría ir a pescar, allí también hay grandes lagos, vamos eso creo. Ya no sé ni lo que me digo.

María es un encanto de mujer, podría haberse ido ella también, pero se quedó conmigo, si no es por ella, a estas alturas habría olvidado hasta como se habla.

¿Y esos cuadros? Cada día me pesan más los recuerdos. Recuerdos que se me vuelven pesadillas. Cuando los miro, veo a Elena,… ¡Qué ilusión le hicieron! Fuimos a Zaragoza y si no se los compro le da un algo. Si los pudiese regalar, pero que no, ¡cómo voy a regalar yo los cuadros, si eran su capricho! Eso sería alta traición.

La tontería los cuadros nos salió cara, tuvimos que cambiar de color las paredes. Unas paredes tan llenas de vida para un anciano. No deja de tener su gracia. Por eso siempre estoy en la cocina, es más acorde conmigo, la única nota de color la pone el granito negro, los muebles son de madera natural de roble. Cualquier día me pongo a hablar con los armarios.

Estoy pensando en cambiar la mesa, y poner una mesa plegable pequeña y traerme el sofá cama de la sala de estar. En ese espacio podría poner la tele grande. Pero seguro que María se enfada. Se pondría perdida de grasa.

¡Bueno! ¿Y qué? La casa es mía, ¿no?, pues eso. Yo disfrutaría como un chaval viendo el futbol en la grande, si tener que cambiar de habitación.

Si además me pudiese poner un inodoro en la galería, cerrado por supuesto, sería ya el no va más. El resto de la casa se podría hundir por mí. Estoy loco, tanto trabajar, si casi no he conocido a mis hijos más que de domingo en domingo y a veces ni eso. Cuando su madre vivía, venían más a menudo, pero por ella. A ella sí que la querían.

Comer sólo no me gusta, pero siempre tengo ganas de picar lo que sea.

¿Qué hora debe de ser? Uffffff, son casi las seis de la mañana, tengo sueño, pero si me echo a dormir María me pillará en la cama. Si no me acuesto, cuando llegue estaré muerto de sueño. ¿Qué hago? Es muy tarde para dormir y muy temprano para levantarse.

Ya sé, voy a medir la cocina y voy a diseñar mi nueva estancia. Estoy medio muerto de sueño, y no puedo centrarme, mejor me voy a la ducha.

—Si es que eres un desastre Julián, será posible que no seas capaz de hacer nada de forma normal, comer a unas horas determinadas, dormir, ver la tele… No, tú, no. Tú tozudo en hacer las cosas de cualquier manera. ¡Joder! ¿Has visto como te has puesto el traje? Entre arrugado y churretes de chocolate pareces un gitano.

Me voy a cambiar, mejor —¡Vete a ducharte so marrano! Y aféitate, pareces un pordiosero, y péinate un poco. Venga espabila, que ya falta poco para que llegue María.

Julián hoy te vas a poner un chándal y vas a salir a andar un poco y que te de el fresco, dentro de nada además de no saber hablar no vas a saber caminar. Y de vuelta compras unos churros, el periódico, y así le das tiempo a María a hacer el café—.

Bueno, esto ya parece otra cosa, después de desayunar llamaré a mi hijo Pedro a ver si va a venir este fin de semana, o mejor, llamaré a Sara, que es mi primera nieta, a ver si la convenzo de que venga a verme.

¡Cómo pasa el tiempo! Me parece todavía tener a Pedro, Paula y Tomasín pequeños, hace nada, e íbamos de vacaciones a Rosas, la Ampuria Brava, no sé por qué pero siempre tuve debilidad por la costa brava, más que ninguna otra del mediterráneo. Claro, a mí lo que realmente me gusta es el monte, y allí está todo junto, yo podía estar tranquilamente a la sombra de un pino mientras ellos estaban en la playa. Todo eso ya habrá cambiado, hace tantos años que no voy a la playa. Si mis nietos quisieran venir, pasaríamos unos días este verano en algún hotel, pero ya veremos.

Va a ser muy difícil, con los pequeños no me atrevo a ir solo, y los mayores no querrán saber nada de un abuelo. Lo entiendo, pero me fastidia, los viejos no pintan nada con los jóvenes.

Lo que debería hacer es morirme ya, y dejar de dar tormento a la gente. Pero eso tampoco es cierto, ellos ni me ven ni me soportan, estamos muy lejos. O quizá debería pensar en mudarme a la ciudad. Pero… ¡Uy, no! La ciudad no está hecha para mí, por eso tengo esta casa en las afueras. Todo el día sirenas sonando, gente de aquí para allá, vivir encerrado en cuatro paredes, rodeadas de asfalto, no, eso no es para mí. Total, para lo que salgo aquí, casi me daría igual, pero… no. Mejor me quedo en mi casa, sería un estorbo y se tomarían como obligación estar pendientes de mí, y al final siempre hay problemas.

¡Joder! Yo aquí de cháchara, y María ya está abriendo la puerta.

Me voy a por el periódico, y a recargar el móvil, para llamar luego en un rato.

¡Qué día más bueno hace hoy! Hoy el sol calentará, y un cafetito bien caliente acabará de templarme el cuerpo. Que no se me olvide recargar el móvil. Anda que el aparatejo este me pega cada susto que me enciende. Se empeñó mi nieto Iván en regalarme un Móvil ultra moderno, no sé para qué, si justo me va para descolgar y llamar. Estas tecnologías no son para viejos, y yo lo soy, no mucho, pero si lo suficiente para estos artilugios. Lo que peor llevo es no poder hablar con nadie, y mis nietos, ellos, son todo lo que no pudieron ser mis hijos. Han conseguido hacerme llorar, y sentirme aún más abandonado. —Elena, espérame, quiero irme contigo. Debiste esperar a que me fuese yo primero, todo hubiese sido mucho más fácil—.

Casi se me olvida: —Elena, tu beso de buenos días. Te sigo queriendo—.

sábado, 5 de abril de 2014

¿Por qué?



Emilio llega a casa después de un duro día de trabajo. El único aliciente que tiene es ver a sus hijos. Cuando abre la puerta le sorprende un silencio absoluto. Todo está en aparente orden. Se dirige a las habitaciones, abre primero la de su pequeño Samuel de un año. No sabe por qué pero tiene especial predilección por él. Lo encuentra acostado en su cama. Está durmiendo plácidamente. No quiere despertarlo, en su carita se refleja una profunda calma, quizá haya estado malo. Pero... ¿y su mujer, dónde está?

Si el niño está durmiendo, es que está malo, otra explicación no hay. ¡Y lo ha dejado dormido sólo! Emilio nota su sangre agolpándose en la cabeza, aprieta los labios con fuerza y cierra los puños hasta hacerse daño.

―¡Consuelo! -llama desaforadamente a su mujer.

Por respuesta sólo silencio

Frenético perdido y sin saber qué hace se dirige a la habitación de su hija Lourdes de cuatro años. Fue la primera y a pesar de que él deseaba un hijo más que todo en el mundo, cuando ella nació fue como un regalo de los dioses. Sigiloso abre su puerta...

Ella también está dormida en su cama, su pelo ensortijado y negro le cae por la cara cubriendo su ojo derecho. Enciende la luz. Lourdes tiene la cara apagada. No se mueve, se acerca a ella.

Se acerca despacito con intención de darle un beso, parece que la furia ha desaparecido ante la visión de su pequeña. Su rostro está frío.

Emilio la arropa con cariño, pero....

Lourdes está arropada hasta arriba, él la toca, no se mueve, la empuja lentamente y la llama bajito al oído... la niña sigue sin responder. Emilio empieza a temblar, la llama más fuerte, la zarandea, sólo el silencio lo envuelve.

Corre nuevamente a la habitación de Samuel y repite con torpeza las mismas maniobras que con Lourdes.

―¡No puede ser! ¡Están... Están....! ¿Y Consuelo?

Temiéndose lo peor, va a la habitación de matrimonio, allí no hay nadie. En el cuarto de baño tampoco.

Lágrimas como puños surcan su rostro.

Arrasado por la rabia, por la impotencia y el dolor coge el teléfono. Las palabras no le brotan desde su garganta.

―Comandancia de la Guardia Civil ¿dígame?

Emilio no puede hablar

―¿Sí? Por favor díganos su nombre y qué ha ocurrido

Continua mudo. Se le escapa un sollozo

―¿Está usted bien, dónde se encuentra?

―Mis hijos, mis hi-jos están... ¡Dios mío!

―Continúe por favor, estamos tratando de localizar la llamada

―¡Están muertos! - lo soltó de golpe como cuando un poderoso trueno anuncia de repente la tormenta.

―No se preocupe en unos minutos llegará la patrulla. Su nombre por favor. Díganos su nombre

―Emilio

―Emilio ¿qué más? Continúe, es importante para poder localizarlo.

―Emilio Ruiz Cabrales.

―Vive Ud. en calle....

―Sí.

―No se mueva de ahí, no toque nada, enseguida vamos. Intente tranquilizarse.

Sin apenas pasar cuatro minutos, una patrulla se presenta en el domicilio de Emilio.

Vienen acompañados por un psicólogo, y un médico.

El forense tarda más de media hora en llegar, y en pocos instantes firma el auto de defunción de ambos niños.

Un mes más tarde...

―Hemos encontrado el cadáver de una mujer de unos 30 años en las orillas del Río Cinca a la altura casi de Monzón. Necesitamos que se pase por el Tanatorio para reconocerla.

El teléfono anunció la noticia esperada, no por ello menos dolorosa.

―Sí, es Consuelo.

―¿Se encuentra Ud. bien Sr. Emilio?

Emilio tiene la mirada perdida, sus ojos no ven, ni sus oídos oyen. Su cabeza ha vuelto al punto de partida, a sus hijos en sus camitas, las lágrimas y la rabia volvieron. Se abalanzo contra su mujer, en la cama de los congeladores gritando
― ¿Por qué? Pero ¿por qué?

Pasaron varios meses antes de que Emilio se decidiera a entrar en las habitaciones de sus hijos, estaban con sus camitas deshechas tal cual las dejaron después de las pesquisas policiales. Sus hijos habían muerto por envenenamiento y su mujer los había matado, para después suicidarse.

Su cabeza giraba mucho más deprisa de lo que su cabeza era capaz de asimilar.

―¿Por qué?―. Era una pregunta que le taladraba constantemente en las sienes. Cuando se acostaba las imágenes volvían noche tras noche, y en mitad de ellas era rara la vez en que no escuchaba sus gemidos, sus llamadas de auxilio, y le venía la imagen de Consuelo, y rabiaba por no haber podido ser él el que acabase con su vida.

Un día decidió sacar todas la ropa de los niños y la de Consuelo, llenó innumerables bolsas con ropas , zapatos, enseres personales , los juguetes. Sólo le quedaba vaciar la mesita de noche de su mujer y por fin acabaría aquella agonía.

En el fondo del cajón de la ropa interior, un objeto negro le llamó la atención, saco las cosas a trompicones y se quedó con él en las manos.

Una sensación de desasosiego se apoderó de él, ese pequeño cuaderno de piel oscuro.... Con manos trémulas lo abrió casi con miedo de lo que pudiese encontrar en él.

Tenía anotaciones desde antes de la boda. Leyó los primeros días, pero nada le atrajo. Una determinación interna hizo que pasase a las hojas señalizadas con papelitos de colores diversos.

La primera de estas hojas hablaba sobre el nacimiento de su primera hija, Lourdes, a ella le hubiese gustado llamarla Clara, en ella explicaba con emoción el nacimiento, la ilusión que le hizo a Emilio después de saber que era una chica cundo lo que él esperaba era un chico. Por la letra y la forma en que lo contaba irradiaba felicidad.

Emilio recordó con especial amargura aquel día, la emoción del nacimiento, la carita sonrosada y sus manecitas aun huesudas cogiéndole el dedo. Volvía a llorar.

―¿Por qué?―. Ese por qué después de leer aquello aún se volvía más inexplicable aún.

Las páginas siguientes no tenían nada de especial. Volvió a mirar en la siguiente hoja marcada con color verde. Era el día del nacimiento de Samuel. En esta página ya no se observaba esa ilusión, ni esa euforia por el nacimiento. Hubo una frase que le hizo pensar: "Espero que Emilio cambie de actitud o me volveré loca"

¿Por qué? ¿Qué significaba esa frase?

Empezó a leer ávidamente desde la primera hoja marcada, al cabo de medio mes no encontró nada.

La última hoja marcada llevaba la fecha de la muerte de sus hijos.

En ella sólo había escrito unas pocas palabras: "Ya no puedo más, otro hijo más no"

¡Estaba embarazada!

¿Por qué? No estaban mal económicamente, sí que hubiese supuesto un gasto adicional, pero en cualquier caso podían asumirlo.

¿Por qué matar a los dos hijos y suicidarse? En caso de haberlo hablado hubieran llegado a una solución, podría haber abortado. Todos estos pensamientos zumbaban y zumbaban con fuerza en su cabeza. Por más vueltas que le daba no conseguía comprenderlo.

Dejó el libro sobre la cama, y empezó a bajar todas las bolsas, en su cabeza tenía la idea de leerlo con más calma después de ordenar toda la casa.

Donó las bolsas con todo su contenido a Cáritas, con la condición de que fueran destinadas a un país lejano de España. En Cáritas que conocían su caso, no le reprocharon nada, antes bien le dieron su palabra de que se haría tal como él había dicho. Además tenían un cargamento de ropa y medicinas con destino a Somalia que saldría en poco menos de una semana  y lo metieron en los cofres destinados a la acción de Ayuda a Somalia.

El libro permaneció varios días sobre su mesilla, no se atrevía a abrirlo, algo le rondaba por dentro y no se atrevía a enfrentarlo.

Por fin una noche en la que sus hijos volvían a lamentarse y a pedir ayuda, no pudiendo dormir agarró el libro con furia, y se puso a leer sobre la mitad de las hojas señaladas entre los dos nacimientos.

Abrió al azar, en esa página con letra casi ilegible y con la tinta corrida por algún líquido leyó a duras penas: "Emilio no sabe controlarse. Piensa que no cuido a mi hija y ella es la razón de mi existencia. Todo le parece mal, hoy me ha insultado y ha estado a punto de pegarme porque Lourdes tenía el pañal mojado de pipí. No puedo cambiarla a cada instante. No lo entiende, cree que soy una mala madre".

Se fue hacía otra página elegida al azar más adelante. "Emilio hoy se ha ido de casa, porque Lourdes tenía la camiseta sucia. Esta con los dientes y babea mucho, pero si le pongo el babero se le escuece la barbilla, si Emilio la viese con la barbilla escocida me mata". Ya no sé qué hacer, ¿cómo puedo convencerlo?

Siguió leyendo y cada vez leía reproches más fuertes hacía su mujer hechos y dichos por él.

La página que hablaba de su próximo embarazo estaba manchada de sangre, en ella decía: "Dios mío, haz que este hombre recapacite, me está matando, quizá al tener otro se le pase esta locura por los cuidados. Como no cambie nos acabará matando"

Las dos últimas páginas las leyó completas, en ellas Consuelo decidía dar muerte a su hijos y suicidarse, leyó con sus propios ojos la razones: "Emilio nos maltrata  a todos…  sus hijos le temen…  ¡yo no lo soporto!  Sólo sabe quejarse de que no los cuido, y la mayor Lourdes ya está aprendiendo a ser como él, lo teme pero lo imita. Dice continuamente que soy una mala madre, que no se cuidarlos, que su hermano Samuel va a salir tonto, ella no lo sabe, eso se lo ha escuchado decir a su padre.

Le he estado dando muchas vueltas, para hallar la solución, y ésta después de barajar todas las posibilidades es una: la muerte.

No, no estoy loca, ni enferma…  estoy cansada.  Sé que si me separo Emilio me quitará a los niños, y…  Los acosará de por vida y los reproches seguirán y sus hijos tomarán el mismo rumbo que él en su vida.

No es un castigo, es la solución, la única posible, la vida que nos espera no es vida y ahora que me he quedado embarazada del tercero, es el momento. Sé que le costará asimilarlo porque somos su vida, pero nos está robando la nuestra y ahora estoy segura de que nunca cambiará. Es capaz de matarme por cualquier descuido, y sus hijos, mis hijos no tendrán vida propia nunca, es mejor acabar, acabar para siempre. Es la única solución. Mañana compraré lo necesario, está decidido".

La penúltima página casi no podía leerla, su desconsuelo y su llanto no dejaban ver nada, las manos le temblaban de forma compulsiva, pero se obligó a sí mismo a leer hasta el final. Se enjugó las lágrimas con las mangas de la camisa y siguió. "Pido a Dios que no me falten las fuerzas, sé que es lo único que se puede hacer. ¡Por favor dios mío dame las fuerzas que no tengo!  Mis hijos van a morir mañana y yo con ellos.   Ya está todo preparado.  Esta noche he mezclado los polvos de veneno con los de la leche, y mañana se tomaran su último desayuno… Sé por mis conocimientos de farmacia, que no sufrirán que se dormirán para no despertar.  No tienen sabor, no notarán nada. He tirado los botes de veneno en un contenedor del centro, para que no puedan saber que pasó, sabrán que han muerto, pero parecerá una muerte súbita, y pensarán que yo en mi locura de verlos muertos me he arrojado al río. Dios dame fuerzas."

viernes, 4 de abril de 2014

A mi niño (Guemes)

Es un texto viejo, pero me apetece colgarlo...

Tengo un amigo que casi tiene la edad de ese hijo que perdí en un aborto hace ya muchos años. Es un niño muy especial y sensible, demasiado maduro para algunas cosas y para otras todo lo contrario.
¿Sabéis por qué es especial?
Os lo voy a contar en pocas palabras. Cuando escribe, habla de sentimientos profundos, pensamientos que a todos nos vinieron a la cabeza en sus años o incluso antes. Tiene sueños de gamberro pero su alma es demasiado pura y transparente.
Su vida transcurre en un instituto por las mañanas, y me parece a mí, que aunque no poseo la certeza sobre ello, que alguna niña le tiene embargado el corazón, y todas las noches se lo lleva dejándole frío como un témpano, y cada mañana se lo entrega al brindarle una sonrisa multicolor. Entonces mi niño se ilumina, la niebla se despeja, el frío se desvanece y él, sólo él resplandece de alegría. Las horas se pasan muertas esperando a volver a ver esa cancela de luz que es la boca de su amiga.
Por la tarde, pasa las horas en un parque, que es vida, diversión, sonrisas, litronas, chistes, cuchicheos, y alguna que otra lagrimilla, y es que mi niño es de lo mejor que pisa la tierra.
Últimamente duerme mal, sueña y pega, y es que el amor le subleva, a veces lo quiere todo a veces no quiere nada, pero decidme: ¿No es lo mismo que lo que nos pasó a nosotros en otro tiempo, o quizá ahora mismo? Se siente vacío, se siente lleno, quiere reír y llora, y cuando siente ganas de llorar se ríe hasta de su sombra.
Quiere engañar al tiempo y dejar que corra para echarle el lazo cuando menos se lo espera, pero pobrecito mi niño que aún no sabe que el tiempo que pasa, ya no vuelve y con él se lleva las alondras, a su canto que lo oyes lejano allá en la otra acera.
Lo quiero con locura, y él se ríe, y llora, llora más que ríe, pero son lágrimas de pega porque, aunque oculto en sus adentros, lucha por aflorar un sueño.
Sueño repleto de estrellas, donde hay una luna y un sol que son el camino que le conduce por la vida.
Las estrellas son el rocío que escarcha los rizos de la oscura melena, de esa su niña. La luna es su cara morena y el sol que más brilla es la luz de sus ojos que lo encandila.
Y es que mi niño, es de lo mejor que pisa la tierra.

domingo, 13 de noviembre de 2011

intentarlo no fue difícil

No, no fue difícil, es más fue hasta divertido, pero ya se acabó, como se acabaron los amigos, como se acabaron los sueños, y las esperanzas.
No fue difícil, fue excitante, a veces incluso desbordante, por encima de las posibilidades reales, pero eso no importaba, lo real era lo que menos contaba en toda esta historia.
Conocí gente, demasiada en realidad para lo que esperaba, entrelacé por un tiempo mi vida a la de otros sin conocerlos, sin importarme sin importarles, pero eso era lo que se esperaba.
He dicho muchas veces que he perdido muchos amigos, y es cierto, de hecho lo más improbable dada mi forma de andar por el mundo es que todavía esté por aquí dando guerra.
Y también es cierto que he perdido mi mundo imaginario, o me lo he dejado olvidado en el cajón de la mesilla, ese que nunca abres por miedo a ver con lo que te encuentras. 
Fue divertido formar una nueva familia, tener primos por todo el país, sentirte responsables de unos hijos que tienen a sus propias madres, tener un animal de compañía que no dejará de darme lecciones en esta vida. Pero ya nada de eso me vale, nada me convence, he perdido el rumbo.
Fue totalmente inesperado encontrar un maestro, aunque mi única obsesión era aprender, y aprendí leyendo, escribiendo y tirando o llenando mil y una vez la papelera, tanto la real como la virtual.
Encontré a alguien que  me empujó más allá de mis intenciones, me quitó el sueño, la pereza, me devolvió una vida que nunca fue la mía pero fue tan bonito como desquiciante. Fue mi amor, en las letras y por las letras, fue como esa ilusión quinceañera que te despierta de repente a un mundo nuevo pero desgraciadamente inexistente, y como el amor vino y se fue, y casi desde entonces ha sido muy fácil perder las ganas...
Este medio me dio también un hermano, un hermano pequeños al que como buena hermana mayor no dejé de incordiar y como suelen acabar esas historias también desapareció.
(Y jamás tendré algo parecido en mi vida real).
Es fácil tener problemas conmigo y más fácil aún no tenerlos, sólo es cuestión de ser uno mismo, cuando descubro que me han mentido todo se acaba, sin más.
Ahora es distinto, creo que he descubierto que soy yo la que me he estado engañando a mi misma, que nada de lo que tuve, encontré, admiré y soñé me lo merecía y estoy segura de que es así, por eso y por otras cosas digo...

... intentarlo no fue difícil, alcanzarlo fue imposible.